Luego de asesinar de tres disparos al bombero, el militar Roque Carmona se defendió asegurando que respondió al ataque de los voluntarios. Había bebido tanto que esa noche el alcohol lo desequilibraría.

El rol de Cristhian esa noche fue la de primer respondiente. Esto consiste en verificar los signos vitales de la víctima, estabilizarlo y como último procedimiento subirlo a la ambulancia para trasla­darlo a un centro médico; repasaba con detenimiento lo aprendido en la academia y los años que ya llevaba en esto. Para él su acción era mecánica, nada podía fallar. Lo salvaré –dijo con voz firme a su conciencia– mientras acomodaba cada dedal del guante de látex en su mano, faltaba poco para llegar.

¡Descender! –gritó el ofi­cial a cargo- Era la orden de bajar de los vehículos, habían llegado al lugar del accidente. El pulso de Cris­thian se aceleraba, la res­piración era corta y se agi­taba. Su mirada buscaba la escena de la colisión, como un francotirador localiza a su objetivo a través de la mira. Lo divisó y fue hasta él, lo seguía su ayudante, el segundo respondiente, que llevaba consigo la mochila con los equipamientos para contener hemorra­gias, estabilizar el cuello e inmovilizar miembros en caso de ser necesario. Car­mona aún estaba dentro del habitáculo de la camioneta. ¡Señor, me llamo Cristhian y soy bombero de Fernando de la Mora, vamos a ayu­darle, pero necesito colo­carle este inmovilizador en el cuello!

Un furibundo grito inte­rrumpió su protocolo de presentación y el bom­bero retiró momentánea­mente sus manos de alrede­dor del cuello de Carmona. ¡Déjenme! ¡No me toquen! ¡Fuera de acá! El tono ira­cundo cortó la concentra­ción de toda la dotación. El resto del equipo –que en ese momento se aseguraba de la estabilidad del auto­móvil– giró medio cuerpo hacía la escena principal intuyendo que el procedi­miento a cargo de Cristhian no sería fácil.

Pero señor, queremos ayudarlo, está herido y vamos a llevarlo a un centro asisten­cial, insistió Emhard ensa­yando, esta vez, un tono de voz conciliador al de mando con el que había iniciado la conversación.

La respuesta fue la misma: ¡Fuera de acá! ¡No me toquen! No solo la agre­sión verbal se manifesta­ría, un escupitajo del mili­tar se estampó en el rosto de Emhard, habría perdido el control y reaccionó incre­pando a la víctima. La dis­cusión subió de tono cada vez más.

Lo que debía ser un acto sencillo de cinco minutos se convirtió en un hervidero de insultos y empujones. Carmona logró incorpo­rarse y fustigaba desafiante al joven vestido de amarillo.

La discusión pugilística se interrumpiría con otro sonido de sirena. Era una patrullera de la comisa­ría segunda de la ciudad. Los agentes –de uniforme color caqui en aquel enton­ces- bajaron, con plancheta en mano, y separaron a los contendientes.

La policía se llevó a Car­mona hasta un hospital de la zona. En tanto los bom­beros decidieron hacer una denuncia por agresión y amenazas contra el hombre. En ese momento no sabían que era militar, pero sí se percataron de la cantidad de alcohol que habría con­sumido, todo eso le fluía por los poros.

LO SIGUIÓ LA MUERTE

En la comisaría. Car­mona tenía una venda que rodeaba la cabeza, el cris­tal del parabrisas le provocó cortes que fueron suturados en el hospital al que fue lle­vado por los agentes. Luego pidió hacer una denuncia contra los bomberos.

Unos pocos minutos des­pués, Jimmy y Cristhian lle­garon a la estación de poli­cías, vieron a ese hombre nuevamente cerca.

Carmona dirigió su machu­cado cuerpo a una solita­ria silla en una esquina. Se sentó con cierta dificultad, lo que indicaba que aguar­daría su turno. Mientras, los hermanos Emhard hicieron lo mismo, pero se ubicaron en dos asientos frente a la mesa del oficial de guardia. Del otro lado un policía pre­paraba el libro de denuncias y un bolígrafo. Cristhian estaba un tanto nervioso. Para relajarse comenzó a distraerse en los acceso­rios de aquel reluciente uni­forme policiaco. Se detuvo en el portanombres: subo­ficial Fredy Mendría, tenía grabado en blanco aquel metal nuevo. Todo impe­cable. No tenía duda sobre los primeros pasos de aquel agente del orden.

El reloj en la húmeda pared de la oficina de guardia mar­caba treinta minutos des­pués de la 1:00 de la madru­gada del 8 de marzo. Los hermanos se miraban y ya no sabían qué más hacer, aquel policía les resultaba muy meticuloso con los detalles en la hoja.

La primera pregunta del novato policía, al fin se escu­chó: relate usted qué fue lo que ocurrió. Cristhian con­testaría la interpelación. De repente a sus espaldas se escuchó el rechinar de la silla de Carmona, se deslizó para atrás.

El chirrido de la pata de metal contra las baldosas llamó la atención de todos. Jimmy y su hermano gira­ron medio torso en direc­ción a aquel hombre que tenía empuñada un arma de fuego en la mano, la lle­vaba escondida en la bota militar. El tubo cañón de aquel revólver –calibre 38– relumbraba la luz blanca y artificial de la sala.

Lo que se escucharía a con­tinuación fueron cuatro dis­paros. El eco de las deto­naciones retumbaría de manera infernal. El silbido de las balas cortó aún más esa milésima de silencio y estupor. Los proyectiles –con encamisado de plomo– iban directo a Cristhian. Tres de ellos lo hirieron. Uno dio en el brazo, otro de refilón en el cuello, el tercero entre el tórax y el abdomen, a la altura de la octava costilla. Ese balazo le perforó el hígado, dando paso a un incontrolable san­grado interno. Cayó al suelo desvanecido, todo parecía darse en cámara lenta.

El tubo cañón aún humeaba y apuntaba a los bomberos, cuando varios policías se lanzaron a reducir al hom­bre. No entendían qué había pasado, le sacaron sus docu­mentos y ahí se percataron quién realmente era. Roque Carmona exhibió sus docu­mentos civiles en el sana­torio médico y no fue hasta ese instante en que se des­cubriría de quién se trataba.

Otra vez las sirenas se encendieron, esta vez el herido era Cristhian. Aún respiraba, su pulso era débil y le costaba inflar con aire sus pulmones. Sus camara­das usaban un respirador manual para ayudarlo. La ambulancia aparcó, dejando las huellas del caucho sobre el cementado del entonces Hospital de Trauma.

Tenía cinco minutos de oro –un procedimiento cono­cido por los bomberos donde en ese tiempo deben auxi­liar a la víctima de manera a aumentar sus posibilida­des de vida. Aún les quedaba algunos minutos. Cristhian tenía manchado el pulcro amarillo del uniforme con su sangre, lo llevaron al qui­rófano. Horas después el rostro de los médicos deno­taba decepción, Cristhian estaba muerto.

EL CUARTO DISPARO

Mientras la noticia de la muerte de Cristhian sacu­día a la estación, en la comi­saría un agente preguntó al suboficial Fredy Mendría si la sangre en su uniforme era la del bombero. Fredy contestó rápido: no me acer­qué a él, arma. El novato se tocó en esa zona y sintió una perforación. El cuarto dis­paro de Carmona lo hirió en el estómago, lo insólito fue lo imperceptible para él. Mendría quedó internado quince días en el Hospital de Policía, el plomo le per­foró el páncreas.

ELLOS ME ROBARON

Carmona culpó a los bom­beros de su reacción. Su esposa denunció días des­pués la desaparición de qui­nientos mil guaraníes que su marido los llevaba en la billetera. Sin embargo, se comprobó que Roque tenía esa cantidad y más. El robo fue desmentido.

Dos años después del cruel crimen. Cristhian se con­virtió en símbolo para sus camaradas, hasta hoy. Roque fue condenado a 22 años de cárcel y hasta el 2012 los cumplió en el penal de varones del barrio Tacumbú. Más tarde un recurso de apelación per­mitiría que sea trasladado a la cárcel de Viñas Cué, en su condición de militar. Su pena lo compurgará el 7 de marzo del 2027.

Ivo recordó algo que Man­fred Cristhian Emhard le recordaba siempre: “arma, yo voy a morir en servicio…”.

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista 
  • La Nacion

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